El Castillo y tierra de Coca
ANTIGUA CAUCA
(Segovia)


Desde que los adelantos de las artes del diseño y sus auxiliares permiten exhibir con fidelidad y economía toda clase de monumentos, ya no se describen con la pluma fatigando la memoria del lector sin conseguir darle la idea, que se adquiere simplemente echando una ojeada por las vistas fotográficas. ¿Cuántas hojas tendría que escribir para hacer la descripción de ese pre­cioso castillo, cuya vista acompaña á este artículo, y cuántos afanes costaría al curioso el figurarse, no ya el conjunto y minuciosidad de sus detalles, si que tan sólo la proporción de sus contornos?


Muchos días de lectura y meditación me costó el for­marme una idea de las civilizaciones del mundo y nada prestó a mi inteligencia tanta claridad como oí ver este­reoscópicamente las rudimentarias viviendas de las tri­bus de Australia, propias de la época de la ignorancia; las pagodas de la India que obedecen a la idea del temor; las esfinges y pirámides de Egipto, alarde de la vanidad de la fuerza prepotente; las monstruosas columnas de Karnac y el templo pesadísimo de Edfud, creación de las ideas materialistas: la proporción y armonía que distin­guen a las estatuas y monumentos griegos como el re­sultado del dominio que ya entonces adquiría el espíritu sobre la materia; el útil puente romano, por el que la señora del mundo llevó los progresos griegos á todo los confines, asentando a la par las bases de un derecho, otro medio punto por el qua la sociedad pasaba de la margen de la fuerza en busca de la de justicia; las esbeltas catedrales góticas, caladas en desprecio de la ma­teria, que perfectamente responden al pensamiento espiritualista del cristiano; el alcázar moruno, creación fantástica de un sueño híbrido, voluptuoso, idealista, o mejor dicho, sibarítico, propio del pueblo que por la pasión buscaba la civilización, con sus columnas delgadas, sus calados arcos que sostienen, sin embargo, raquíticos edificios, vestidos con la esplendidez de colores y dorados que solo pudo idear una imaginación calenturienta; los adornos platerescos con que el castellano dueño de dos mundos acumuló en las proporciones que dejaban desnudas las líneas griegas los más minuciosos, y delicados dibujos, como en muestra de su riqueza de ingenio y de recursos, y los atrevidos tubulares puentes de América, ó los palacios de cristal de Europa con que la civilización moderna reúne y da á conocerse a las diversas razas de hombres esparcidos en el mundo, y alienta sus relaciones en justo pago de la solidaridad de la especie, ya comprendida, aunque desgraciadamente no realizada.

Por eso, en vez de describir el castillo de Coca, encar­go cariñosamente al lector que le mire, y más grato será para mí el evocar los recuerdos que inspira, ya que eso no lo puede expresar el dibujo, ni el lector puede dedu­cirles con su vista.

Más que castillo, merece el nombre de palacio, por­que tal vez sea el último que de este género se constru­yera en España. Cuando ya los castillos no se edificaban en Castilla, porque los castellanos habían quitado la media Iuna de la torre de la Vela; cuando ya la niña nacida en el inmediato pueblo de Madrigal, había en­trado por Puerto-Real en Granada, y subiendo la cuesta de la familia de los Gomeles, abrió la pesada puerta de la justicia para sentarse en el trono de Boabdil en la Alhambra, después de la total conquista de la nación, se construyó el castillo de Coca, mansión deliciosa en un sitio delicioso.

Hace pocos años lucía su patio hermosísimas colum­nas de mármol formando preciosas galerías con pavi­mento de juego de damas y cristales de colores, que anunciaban la suntuosidad que encerraba ese palacio de recreo de los duques de Alba, de aquellos duques que tantos días de gloria dieron a la patria y tantos ejem­plos que imitar a los españoles.

De tanta suntuosidad no quedan más que ruinas, y por personas que lo han conocido y visto, se me dijo que por un administrador de los duques se quitaron las columnas del patio para venderlas á 50 rs.; y en el año de 1848, ayer quien dice, se han vendido en Madrid a onza de oro cada una. ¡Qué vergüenza! Si los que yacen en los suntuosos sepulcros de la iglesia de la villa pu­dieran ver hoy su palacio, valiéndome de una frase ya bastante antigua, se encerrarían en sus tumbas por no ver aquellas abandonadas ruinas. Pero no es e! castillo lo que constituye el valor histórico de Coca; si que la Cauca de los Arévacos tiene una importancia tan grande en nuestra época antigua, como que es la causa de dos de los hechos más culminantes de nuestra historia romana: del levantamiento de Viriato y de la resistencia de Numancia.

Es sabido que la Hispania fue el último país de los invadidos por Roma que aceptó el yugo de su dominación. Entre todos los pueblos de la Hispania, ninguno demostró una resistencia más grande, más heroísmo en la defensa de su libertad, que los que regaban el Duero y entre las ciudades que en esta lucha se distinguieron ocupa un lugar distinguido Cauca.

Asediada por mucho tiempo, fueron inútiles todos los ejércitos romanos para reducirla á su obediencia, por lo que el pretor Lúculo la ofrece una capitulación tan honrosa, que; a haberse cumplido sus condiciones, podía decirse conservaba su independencia. Bajo la fe de tal capitulación, Cauca depone las armas y entonces se vio que la fe de Roma no era más qua una fe mentida, pues degolló á 40.000 de sus habitantes y arrasó la ciudad, lo que produjo tal indignación en cuanto sentían en su pecho sentimientos hidalgos, que no le fué difícil a Viriato reunir un grueso ejército para vengar, como lo hizo, tamaño ultraje en los últimos países que riega el rio Duero, y no influyó poco en sus hermanos los que peleaban en el nacimiento del mismo rio Duero, en los numantinos, que, resistiéndose por carácter á sufrir el yugo del vencido, rechazaron toda clase de capitulaciones, prefiriendo hacer con sus propias manos lo que los romanos hicieron en Cauca después del tratado.

La fementida Roma pagó bien caro en Numancia y Lusitania la deslealtad de Cauca. ¿Cuándo se convencerán, así las naciones como los individuos, que el que siembra vientos no puede recoger más que tempestades!

Ricardo Villanueva.

Sevilla, 7 febrero, 1871.