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-Ya te he dicho que no estoy yo ahora para relatos ni coplas de la zarabanda, porque después de haber oído lo del terrible incendio en los pinares de la provincia de Guadalajara, se me pone el tronco a temblar, y se me caen hasta las tarambujas.
Quien de esta manera se expresaba era "Pino Grande", un espléndido ejemplar de pino resinero, (negral para los lugareños, y pinus pinaster para los que han estudiado), y quien le había pedido que le contara la vida del, ya desaparecido "Pino Viejo", era "Pino Chico", un pequeño pimpollo vecino, casi seguro descendiente de ellos. La insistencia de "Pino Chico" en preguntar estaba motivada por las muchas veces que "Pino Grande" le decía:
- Qué tiempos aquellos... si yo te contara...

Por eso cada día "Pino Chico" le daba la tabarra a ver si de una vez se decidía a contar lo que sabía, y éste fue el resultado:
"Pino Viejo fue un gran pino en aspecto y en obras. Tenía la parte inferior del tronco llena de cicatrices en forma de surcos longitudinales de más de tres metros de altura, y entre herida y herida, unos buenos repulgos. Las entalladuras o incisiones -los resineros locales las llaman caras-, eran consecuencia de los más de cincuenta años que estuvo en producción. Contaba "Pino Viejo" que, en esas más de cincuenta campañas en las que generosamente donaba su resina, recordaba haber tenido varios resineros; de alguno de ellos se acordaba con agrado por lo bien que le hacían las caras, la delicadeza al remondarle tiras de su carne... lo bien afilada que tenían la azuela, el ancho y profundo de las caras... en fin, una serie de detalles que delataban al autor como si hubiera puesto su firma. Todo lo contrario ocurría con otros, que le trataban a degüello.

En aquellos tiempos -decía-, los pinares estaban más animados que ahora. Nos visitaban rebaños de ovejas y cabras, y también vacas de leche. Los resineros venían con sus borriquillos equipados con dos cestos de mimbre, -cestos que rara vez regresaban a casa vacíos-, ya que siempre había roñas, escorpes, chistos o cándalos con que llenarlos, y así tener en casa leña para la chimenea en los fríos días del invierno. En primavera y otoño recibíamos la visita en tránsito de miles de ovejas merinas... que espectáculo más bonito... y que bien nos venían todas estas visitas, pues dejaban en nuestros suelos nutrientes que favorecían nuestro desarrollo. Los más constantes en esta tarea eran los burros, ya que los resineros solían hacer un chozo donde cobijar la comida y la bebida, y el burro estaba todo el día ramoneando en las proximidades.

También había conejos y liebres, zorros y jabalíes y hasta algún lobo despistado, y si el final del verano había sido lluvioso, en otoño teníamos nícalos (níscalos) para dar y tomar. Claro que no todo era tan idílico, y si no que se lo pregunten a quien sufría el picotazo del "arraclán" (escorpión alacrán).

Seguía contando "Pino Grande" que en la cogolla de "Pino Viejo" había conocido nidos de distintas aves en distintos años: el águila perdicera, la paloma torcaz, el grajo, la tortolilla... y en la parte alta del tronco, antes de llegar a las primeras ramas, tenía el agujero del nido del pica-pinos, ocupado ahora por las ardillas. Y quienes no faltaban ningún año eran las maricas (nombre local de las urracas), que fieles a su fama, estaban siempre dispuestas a llevarse algo en el pico. ¡Que cogolla tenía "Pino Viejo"!, era grande como la copa de un pino.

Cuando llegaban los inviernos, y las heladas nocturnas se hacían notar, de buena mañana recibíamos la visita de los pineros, que llegados a un claro próximo a los pinos elegidos, preparaban un bardo y ponían la lumbre a su resguardo, fumaban un cigarrillo mientras se calentaban, y una vez templados, cogían cada uno su vara de pinas, verificaban su perfecto estado, y cada cual al pino elegido por la cantidad y calidad de sus piñotes -nombre local de las pinas del pino resinero-, entre los que estaba una vez más "Pino Viejo". Llevaban, como siempre, el palo en la espalda y sujeto por el cinto. Comprobado que el gancho del extremo de la vara estaba bien cogido al tronco o a los gachos, trepaban hasta hacer pie en las ramas y, tomando el palo que llevaban, comenzaban a golpear a los piñotes hasta hacerles caer.

Lo mismo que "Pino Viejo" recordaba con agrado al resinero que le remondaba bien, sacando virutas y serojas de su carne, así también reconocía su valía a quien jugándose la vida le quitaba, a palos sus frutos, el pinero.

Los piñotes eran llevados al sequero, lugar donde se procedía a la extracción de las semillas mediante su exposición al sol, para así poder iniciar un nuevo ciclo con su siembra en lugares que, al igual que los pinares del alto Tajo de Guadalajara, habían sido arrasados por nuestro peor enemigo, el fuego, de tal manera que no quedaban posibilidades de repoblación natural espontánea.

Cuando dejaron de resinar a "Pino Viejo", y él pensaba en el descanso y reposo de la jubilación, un buen día de invierno vio llegar al peguero, seguido de su borriquillo, que sacó de los cestos una especie de "paraguas" y lo puso junto a su tronco pero al revés, es decir, para recoger lo que cayese. Tomó una raedera y comenzó a arrancarle todos los restos de resina solidificada que tenían las caras, procurando que fueran a parar a esa especie de "paraguas". Dejó a "Pino Viejo" en carne viva y resoplando. Después tomó el peguero una azuela retajera -también llamada de sarros-, y cavando superficialmente en la proximidad del tronco, recogió el sarro formado por las gotas de resina, serojas, roñas, etc., lo cargó todo en los cestos y... no se fue, pues como quedaba espacio decidió, -para dolor de "Pino Viejo"- sacarle unas teas de su merera para encañar la peguera que pensaba quemar, y así poder llenar un barril de pez. Esa pez que lo mismo servía para calafatear embarcaciones, que para impermeabilizar pellejos y botas para el vino, o marcar rebaños de ovejas.

Como puedes ver, querido pimpollo, esto parece el cuento de nunca acabar, pero por hoy ya está bien, déjame que descanse, y cuando tenga ganas, te contaré cual fue el final de "Pino Viejo", y podrás comprobar que como los hombres dicen: "Del cerdo hasta los patones", también deberían decir: "Del pino, desde las tarambujas hasta los tocones".




Relato escrito por Javier Gómez Cabrero.
Aparece en el libro "Coca, memoria fotográfica de la villa y sus gentes" de la Asociación cultural "Los Azafranales"